LOS PARTIDOS POLÍTICOS, Y LA MARCHA DE LA LOCURA

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Fernando Núñez de la Garza EviaPlaza Cívica
Todos los grandes sucesos tienen sus víctimas, y los recientes terremotos ocurridos en México las tuvieron con los muertos, heridos, aquéllos que quedaron sin techo y, ahora, la sensatez de los partidos políticos. No satisfechos con haber tenido un silencio sepulcral durante los acontecimientos, ahora se empeñan en hacer una propuesta pública que implicaría ponerse la soga al cuello, y de paso ponérsela a México.

La intelectual estadounidense Barbara Tuchman escribiría un libro titulado “La marcha de la locura”, donde hace un recuento histórico para señalar la capacidad infinita del ser humano para tomar decisiones sumamente insensatas y en contra de sus propios intereses. Algo similar ocurre hoy en día con la propuesta -unánime de PRI, PAN, PRD y MC- para eliminar completamente el dinero público otorgado a los partidos políticos; el PRI le pone la cereza al pastel al proponer también la eliminación total de los congresistas plurinominales, tema ya tratado en este espacio hace dos semanas. Lo anterior representa efectivamente una locura, ya que la larga experiencia nacional e internacional en la materia nos lo indica claramente así.

Partimos de una premisa fundamental: toda democracia débil tiene partidos políticos débiles, y toda democracia fuerte tiene partidos políticos consolidados. El politólogo norteamericano Samuel Huntington mencionaba tres características básicas para que un partido político se considerase afianzado: tener capacidad de mover a amplias capas de la población, contar con estructuras partidistas sólidas para llevar a cabo su programa político, y la permanencia de sus élites entre sus filas. Esto es una realidad entre los modernos partidos políticos mexicanos, pero podríamos agregar un cuarto y fundamental punto: el tener acceso al financiamiento público.

dinero-partidos-politicosEn la experiencia nacional, el PRI ha sido un partido ya largamente consolidado, pero su autoritarismo se extendió en el pasado precisamente a través del cierre de la válvula del financiamiento público, evitando así la competencia electoral y política.
Vaya, la historia de la democracia mexicana es también la historia de la lucha de los partidos políticos de oposición por el acceso al financiamiento público. Pero si la experiencia nacional es clara, la internacional lo es probablemente aún más. Los partidos políticos de la vasta mayoría de los países europeos tienen acceso a subvenciones públicas, aunque no así en Estados Unidos. El modelo estadounidense contempla que los candidatos escojan entre una bolsa mínima de dinero público, o una bolsa ilimitada de dinero privado… y todos escogen lo segundo. Esto, aunado a la reelección indefinida de sus congresistas y la total apertura de las deliberaciones llevadas a cabo en el Congreso, ha traído una tormenta perfecta para que los grandes intereses privados se hayan adueñado de la “República”, (palabra cuyo significado es “cosa pública”).

No es raro que justo ahora que hay una bocanada de dinero privado sin precedentes para financiar a los partidos estadounidenses, hay igualmente una radicalización y parálisis política sin precedentes: los representantes populares se encuentran secuestrados por duros intereses particulares que tienen que defender, porque hacer lo contrario implicaría el fin del dinero particular necesario para su campaña de reelección; todo lo anterior aunado a la puntual observación de los cabilderos de las grandes corporaciones a las discusiones llevadas a cabo en comisiones. Consecuencia: no hay incentivos para moverse al centro, negociar, y llegar a acuerdos.

Carlos Marx diría que “la historia se repite dos veces, primero como tragedia, después como farsa”. Quitar completamente el financiamiento público a los partidos políticos mexicanos, justo ahora que hay reelección consecutiva y mayores grados de transparencia en el Congreso, sería repetir la historia estadounidense, pero en un país con un Estado aún más débil. Lo de los gringos es tragedia, lo nuestro sería una farsa. Una medida vilmente populachera, sería echarnos en reversa 50 años, y marchar hacia la locura.
Por: Fernando Núñez de la Garza Evia
www.plaza-civica.com @FernandoNGE

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