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Opinión

EL CARISMA LOPEZOBRADORISTA

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Plaza Cívica
La democracia le ha fallado a la población mexicana. La gran promesa implícita de la  democratización del país era una mejor vida, y aunque ha habido avances notables, en rubros imprescindibles hubo estancamiento o un franco retroceso. La población mexicana fue muy paciente con la democracia, tan paciente que eligió a dos gobiernos
del PAN y luego decidió darle nuevamente el beneficio de la duda al PRI. Esos gobiernos finalmente fallaron, y por ello Andrés Manuel López Obrador llegó con especial fuerza a la escena política nacional.

Durante las pasadas elecciones presidenciales muchos intelectuales vaticinaron la tercera derrota del candidato morenista. ¿Por qué habría de ganar si su tasa de votación nunca había rebasado el 35%? Ganó con el 52.96%. Una vez en la presidencia, otros tantos intelectuales pronosticaron un gobierno apoyado por no más de la mitad de los mexicanos. ¿Por qué si ganó con el 52% del voto habría de tener el apoyo de amplias capas de la población? Las tasas de aprobación pronto rondaron el 80%. Con el paso del tiempo, muchos otros intelectuales auguraron el fin de la luna de miel entre el presidente y los mexicanos. ¿Por qué lo seguirían apoyando ante el estancamiento económicamente, el aumenta del desempleo, el crecimiento de la inseguridad? Su tasa de aprobación ronda hoy el 70%.

La popularidad del presidente difícilmente amainará porque el carisma de Andrés Manuel López Obrador está hecho para estos tiempos. El líder carismático no surge de la nada ni se alimenta de lo abstracto, sino brota y crece de un ambiente político particular y un sentir colectivo presente. Winston Churchill, quien en la oposición advirtió de los peligros del nacionalsocialismo y la necesidad de Gran Bretaña de rearmarse, asciendó como primer ministro al inicio de la Segunda Guerra Mundial.
Adolfo Hitler, quien en la oposición vituperó de la ineptitud de los partidos políticos e impulsó la figura de un líder fuerte, arribó a la Cancillería a raíz de la crisis económica

de 1929. Charles de Gaulle, quien en la oposición deploró los arreglos políticos de la Cuarta República y propugnó por un nuevo arreglo constitucional, llegó a la presidencia ante la crisis de mayo de 1958. En el momento en que surgen las crisis y fracasan las élites es cuando Churchill, Hitler y De Gaulle ascienden al poder, se cristaliza su carisma y reciben un amplio apoyo popular, pero no antes.

AMLO ha sido la figura más emblemática de la oposición desde al menos 2006. Su antagonismo a todas las políticas emprendidas por las pasadas administraciones ha hecho particularmente apetecible su mensaje ante el estancamiento de la pobreza, incremento de la seguridad, crecimiento de la desigualdad y los continuos escándalos
de corrupción. La población reprueba el pasado inmediato, y el carisma de AMLO brota de una personalidad opuesta a ese pasado: si antes se exaltaba el conocimiento, ahora se exalta la emoción; si antes prevalecía la técnica, ahora prevalece el voluntarismo; si antes destacaba el diálogo, ahora destaca la imposición; si antes sobresalía el distanciamiento, ahora sobresale la cercanía; si antes se encomiaba la pluralidad, ahora se encomia al presidente. El carisma de AMLO ha resultado inversamente proporcional a la desilusión sentida en amplias capas de la población. Y como la desilusión es mayúscula, su carisma es mayúsculo.

“¡Es la economía, estúpido!” decían los estrategas electorales del presidente Bill Clinton, manifestando que del estado de la economía dependerá la popularidad del presidente. Eso ha dejado de ser cierto: la economía está en muy mal estado, pero la popularidad de AMLO está en uno muy bueno. El carisma del presidente no se irá a ninguna parte, porque ahí se ven reflejados millones de mexicanos. Y como su carisma no se irá, su persona tampoco.

www.plaza-civica.com @FernandoNGE

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